Pizza connection

por | 14 Feb, 2019

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Hacía ya tiempo que no la pedíamos, así que anoche decidimos cenar pizza. Para aligerar los tiempos suelo encargarla para recoger en el establecimiento. Estoy a 5 minutos en coche de nuestra pizzería favorita y no me importa darme el paseíto.

Llamé para hacer el pedido y daban 40 minutos para la recogida. Algo normal para un viernes noche. Por tanto, aproveché para darme una ducha y aproveché que era el último que faltaba en casa, para hacerlo relajadamente, sin la preocupación de tener que gastar cuidado en dejarle agua caliente al siguiente. Luego, le preparamos algo de cena a la peque. Mientras, como de costumbre a esas horas, nos poníamos en contacto por videollamada a través de mi móvil con los abuelos. Siempre les gusta verla al final del día, preguntar cómo le ha ido, hacerle carantoñas varias…

Llegó el momento de irme y aún seguía la videollamada y, coincidentemente, mi mujer atendía por otro lado una llamada de teléfono. Por tanto, cogí las llaves del coche y el abrigo y observé que no había teléfono móvil libre en casa para llevarme, salvo el móvil de Minnie de juguete de mi hija. Entonces me planteé un pequeño dilema: si esperar a que mis suegros terminaran la videollamada con su nieta o esperar a que mi mujer terminara su llamada. Pero dicha disyuntiva tardó en evaporarse lo que yo en decir:

—Salgo por la pizza y voy sin móvil. ¿Me pasará algo?

—Creo que no −respondió mi mujer con cierto aire irónico y burlón.

Bajé al aparcamiento, arranco el motor y aprovecho la ocasión para poner el volumen de la música un poco más alto de lo normal. Salgo y empiezo a sentir una tonta sensación de inseguridad, de desprotección aun llevando el cinturón puesto. Una sensación inducida por una dependencia, amasada con el paso de los años, hacia un dispositivo que se ha hecho inseparable en nuestras vidas. Estar conectado al resto del mundo, disponible para los whatsapp, emails, llamadas… Una puerta a otra dimensión, al ciberespacio.

Entonces, me quedé pensando. Esa puerta, ¿a qué te conecta o desconecta? ¿Al ciberespacio y las comunicaciones, o a tu propio espacio personal? En aquel momento tuve la extraña sensación del que entra, tras mucho tiempo, a una habitación. Te resulta familiar, ves que hay cosas nuevas… otras que no están. En el que levantas la persiana de tu conciencia para que entre la luz y observas que hay polvo que limpiar y mucho que ordenar. Ves fotos colgadas de tiempos pasados. Todo te resulta acogedor… ¡Estaba conmigo mismo! ¡Increíble!

Iba conduciendo, escuchando mi música. Iba conmigo mismo. Un cosquilleo de libertad me recorría el cuerpo. Gozaba de una completa y absoluta privacidad. Nadie, absolutamente nadie podía conectar conmigo. Me sentía ajeno a ese mundo interconectado. Como si mi coche fuese una capsula que me hacía invisible a las ondas y sus bandas de frecuencias. Esa sensación me gustaba. Era no geolocalizable. Ni mi mujer podía llamarme para que añadiese algo al pedido.

Por otro lado, también me sentía extraño. Como el que está dejando de fumar y echa de menos algo en la mano. Como un pez fuera de su pecera. Pero disfrutaba del momento.

Y entonces, observé a la gente que deambulaba por la avenida y me pasó lo que le pasa a cualquiera que espera ser padre: sólo ve embarazadas y bebés entre la gente. En este caso, sólo veía a adolescentes cruzando el paso de peatones y mirando el móvil, a la chica paseando su perro y hablando por teléfono, a un grupo de amigos haciéndose un selfi en la terraza de un bar… ¡y yo estaba fuera de todo eso! Era un mero espectador. Un espectador solo consigo mismo. Escuchando su música en su coche. Apartado, imperceptible, inocuo.

Pero, en ese preciso momento, me di cuenta de una cosa. Que no por estar desconectado mi yo cibernético estaba muerto. Al contrario, seguía vivo en su cuenta de Facebook, en el Whatsapp, mantenía el mismo número de teléfono, sus mismos emails, etc. Tan sólo que en ese instante estaba inactivo. Era como si ese yo cibernético estuviera en coma y estuviese viviendo un desdoblamiento, un viaje astral de su alma (ese yo corpóreo, con las manos en el volante). Y, a su misma vez, ese yo corpóreo, estuviera teniendo un contacto con ese Yo superior y último. Todo en una brizna de lucidez.

Y entonces sentí un empoderamiento, una conexión con toda la existencia. Un cosquilleo y una sensación de paz y felicidad recorriendo todo mi ser. Sentí al último Yo, a mi propia esencia divina, susurrar a los oídos de mi conciencia: «Eh… Yo soy… Simplemente Yo soy. Todo lo demás son sombras» Y comprendí su verdad. El yo corpóreo en algún momento dejará de existir y se convertirá en polvo y, el yo cibernético, aunque cueste hacerlo, puede ser borrado de la existencia cibernética, sus cuentas pueden ser borradas, su número de teléfono borrado, sus emails cancelados, etc. Pero siempre sobreviviría uno de ellos, el Superior.

Y en ese estado ensimismado, con pizza en mano, volví a casa. Cogí el móvil y, como el que se despierta de un sueño y vuelve bruscamente a la vigilia, todos mis yoes se fusionaron en uno y siguieron sus vidas.

Con todo esto que os cuento en esta pequeña experiencia, mi intención es transmitiros la lectura de ese momento vivido. Y es que, todos nosotros, si reflexionamos sobre el asunto, estamos formados por varios yoes. Al menos dos: tu yo físico y tu yo espiritual. Pero, además, en estos últimos tiempos, puede discernirse otro yo más: el yo cibernético. Y siempre hay uno por encima del otro, uno que domina sobre la existencia del otro. Tú tienes un único y real YO, que se refleja en tantas sombras, o tantos yoes, como seas capaz de detectar. El tema de todo esto es: ¿soy consciente que me compongo de distintos yoes? ¿cuál de ellos me creo que soy?

Es algo así como el escritor que crea un personaje. Le da vida en un mundo, le crea unas circunstancias, una personalidad, una trama, una razón de ser en esa historia. Ese personaje se desenvuelve con vida propia, normalmente, con la inocencia e inconsciencia de saber quién es su creador. Pero, paradójicamente, puede ocurrir que el escritor esté tan metido en la novela que está escribiendo, tan involucrado e identificado con el personaje de su historia, que llegue un momento en el que no sepa distinguir entre él y su personaje creado. Que llegue totalmente a confundirse y creer que él es el personaje. Pero, aun así, no por creerse ser el personaje deja de ser él mismo. Sólo ocurre que, en esas circunstancias, estaría viviendo una vida ideada e inventada por su fértil imaginación y no estaría viviendo su propia vida real.

Sé que puede ser difícil de comprender y digerir esto que os cuento. Pero es interesante reflexionar sobre ello, porque en realidad estarías reflexionando sobre ti.

Por tanto, os lanzo las siguientes preguntas: ¿Quién eres tú? ¿Tú, o tu personaje?

¡Ah! Se me olvidaba… ¡La pizza estaba riquísima!

 

 

***

Esta es una de las canciones que llevaba puesta en el coche cuando me dirigía a recoger la pizza.

 

«Superstition» de Stevie Wonder (live).

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